
La gente tiene una capacidad de sufrimiento increíble, es capaz de soportar momentos de tristeza, ansiedad... infelicidad si queremos resumir, durante muchísimo tiempo. Llega un momento en el que te acostumbras o puedes llegar a lo que se conoce como “punto de inflexión”.
Joseph llegó a uno de estos puntos de inflexión, tuvo que tomar una decisión para simplemente no explotar. Fue al banco y cerró su cuenta sacando todo su dinero. Llego con una sonrisa de oreja a oreja porque quince minutos antes había mandado a tomar por culo al jefe que durante tanto tiempo había oprimido su cara con su bota.
- Joseph, como no consigas a ese cliente habrá que plantearse el tipo de contrato que tienes, y más en estos tiempos. No creas que no puedo despedirte y abrir la puerta y encontrar a cien mil desesperados que hagan tu trabajo a mitad de precio.
Puede que esa fuera una chispa mas y el simplemente estuviera empapado en gasolina pero para el ese fue su momento de “inflexión”. Recogió su maletín, se acerco a su torturador de diario y propino un rodillazo en los huevos. Siguió hasta el ascensor y mientras pulsaba el botón de planta baja se le atisbó una sonrisa que no se volvería a borrar. Después se dirigió a un concesionario de coches por el que pasaba todos los días de camino al trabajo donde siempre veía unos descapotables. Cada día pasaba dos veces por ese lugar, miraba a uno de esos coches que le inspiraban tanta libertad y después pensaba que le esperaba su jodido jefe o su mujer. Parece que la segunda opción debería ser por lo menos mejor que la primera pero su mujer era una de esas controladoras milimétricas. Para que se entienda: si cesar millan (el encantador de perros) analizará esta relación, diría que ella era el macho super alpha y el un simple seguidor sumiso.
Las personas necesitan una válvula de escape. Sufrir en el trabajo pero poder llegar a casa y recargar un poco de dignidad. Recuperar un poco aire antes de que vuelvan a golpearte.
Eligio un mustang descapotable en rojo, pago al contado, se subió y se coloco una gafas de sol. Todavía la quedaba algo de tiempo para que llegará el atardecer. Su idea era conducir en dirección oeste a una velocidad que le permitiera vivir en una puesta de sol perpetua. Paso por una tienda, compró cervezas. El teléfono sonó porque ya habían pasado quince minutos de la hora a la que solía llegar a su casa y su mujer quería saber donde coño estaba. Miro la pantalla de su iphone y se lo dio a un chico que pasaba por la acera.
- Este tesoro esconde una oscura maldición. Ahora es tuyo.
Arranco dejando al chico esa cara de flipado sosteniendo el móvil mientras seguía sonando. Acelero y acelero para vivir su particular atardecer perpetuo. Le gustaba esa sensación de libertad, su sonrisa no se había borrado ni un segundo y no se borraría jamás.
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.” Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
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